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El arte de vivir

Marsella no es únicamente un puerto comercial: es igualmente el primer complejo de deportes náuticos europeo, que comprende 14 puertos. Grandes puertos como el de Pointe Rouge, el de Frioul o el celebérrimo Puerto Viejo, pero también pequeños puertos de pescadores muy pintorescos, tales como la Madrague de Montredon, Sormiou, Morgiou – o, por el contrario, puertos que se han convertido en lugares imprescindibles, tales como el Vallon des Auffes.

Todos estos pequeños puertos tienen una historia, un arte de vivir, una arquitectura, un entorno, que hacen de cada uno de ellos un pequeño rincón paradisíaco en donde es fácil abandonarse al dolce farniente. Todos ellos tienen un punto en común: sus casitas de campo, los “cabanons”.
El “cabanon” es un lugar de veraneo y de encuentro, en el que la familia va a pasar el domingo y las vacaciones, desde la primavera hasta comienzos de otoño, cuando hace buen tiempo y el clima permite disfrutar plenamente de la naturaleza.
El “cabanon” favorece la convivencia; se va al “cabanon” a relajarse y a divertirse sin protocolos. Entre quienes disfrutan de un “cabanon” se da una especie de vida comunitaria, aunque cada uno de ellos tenga su casa. En el aperitivo, se bebe todos juntos “el pastís”; se va en grupo a hacer excursiones de pesca, se forman partidas de “la petanca”, o se juega a las cartas, o se cuentan historias de “cabanons”.

El “cabanon” tiene una historie

El “cabanon” forma parte del patrimonio marsellés. Se desarrolla a partir del siglo XIX, cuando la ciudad crece y conoce una gran prosperidad económica.
Si en los diccionarios provenzales la palabra “cabanon” figura como un diminutivo de cabaña, en la vida real no puede reducirse a una definición que haría de ella una simple cabaña para servir de abrigo o para almacenar las herramientas, una pequeña casita ocupada de forma episódica para realizar el trabajo de campo, de pesca, etc...

El “cabanon” es mucho más que esto; es un testimonio de primer orden del gusto por el veraneo que comparten todas las clases sociales.
Fruto de una implantación anárquica a lo largo de las colinas, pero sobre todo en las calas, el “cabanon” es una construcción modesta, de una planta, del tamaño de “un pañuelo de bolsillo”, como se dice en el estribillo de una célebre canción marsellesa del periodo de entreguerras.
Las familias populares se reunían allí los domingos y durante los meses de verano: el cabanon es el lugar en el que se lleva a cabo la ruptura con el tiempo de la vida activa, está lejos del mundo, desprende un arte de vivir hecho de despreocupación, de simplicidad, de buen humor y de amor a la naturaleza.

Si hoy muchos de esos “cabanons” han desaparecido, el mito se mantiene, y con él ese arte de vivir tan simpático, y tan particular de la tierra marsellesa. En ciertos círculos burgueses, incluso, uno se vanagloria de tener su “cabanon” (que, de hecho, en la mayor parte de los casos, es alquilado), o, en el peor caso, “de ir al cabanon” de un amigo el domingo.

OTCM